Decir cosas amargas

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Decir cosas amargas

Mensaje  Neo_Princesa_Serena el Lun Jul 02, 2012 3:32 am

Hola chicas. Encontre este texto en el foro de Yurilandia:

Leed esto y dar las opiniones que os parezcan.


'-Un relato de la Camarada Sobrada-

Desde el mismo instante en que se sienta, intentamos explicárselo...

No aceptamos hombres. Este es un refugio para mujeres. El propósito de este grupo es cuidar y dar poder a las mujeres confiriéndoles una sensación de privacidad. Permitir a las mujeres que hablen en libertad sin ser cuestionadas o juzgadas. Excluimos a los hombres porque inhiben a las
mujeres. La energía masculina intimida y humilla a las mujeres. Para los hombres, una mujer es una virgen o una guarra. Una madre o una óiran.

Cuando le pedimos que se marche, por supuesto, se hace el tonto. Dice que lo llamemos «Miranda».

Respetamos su elección. El esfuerzo y la voluntad que ha puesto en conseguir la apariencia física de una mujer. Pero este espacio, le decimos de una forma amable y sensible, este espacio es solamente para mujeres que han nacido mujeres.
Él nació Miranda Joyce Williams. Dice esto y abre el broche de su pequeño bolso de piel de lagarto color rosa. Saca un permiso de conducir. Con una uña larga y de color rosa coloca el
permiso sobre la mesa, dando un golpecito en el sitio donde pone «F» junto a la categoría del sexo.
Puede que el estado reconozca su nuevo sexo, le decimos, pero nosotras decimos no hacerlo. Muchas de nuestras integrantes sufrieron traumas de infancia relacionados con los hombres. Tienen miedo de que se las reduzca a simples cuerpos. Son cuestiones que él nunca podría entender porque nació hombre.

Y él dice: Nací mujer.

Alguien en el grupo dice:

–¿Puedes enseñarnos tu certificado de nacimiento?

Y «Miranda» dice: Claro que no.

Otra persona dice:

–¿Estás menstruando?

Y «Miranda» dice: Ahora mismo no.

Se dedica a jugar con un pañuelo con los colores del arco iris que tiene atado alrededor del cuello. Afectando una caricatura de la conducta nerviosa femenina. Se dedica a jugar con el pañuelo
centelleante y resplandeciente que tiene sobre los hombros, dejándolo caer por su espalda de forma que quede suspendido de sus codos. Se dedica a pasar los dedos por entre los largos flecos que hay a ambos lados del pañuelo. Cruza las piernas pasando una rodilla por encima de la otra. Después la de debajo sobre la de encima. Levanta y dobla el abrigo de piel que tiene sobre el regazo. Lo gira y acaricia la piel con una mano abierta, con las uñas juntas, pintadas de rosa y brillantes como joyas. Sus labios y sus zapatos y su bolso, sus uñas y la correa de su reloj, todo es tan rosadito como el ojo del culo de un pelirrojo.

Alguien del grupo se pone de pie, con una mirada furiosa. Y dice:

–¿A qué coño viene esto? –Mete con malos modos su punto y su botella de agua en su bolsa y
dice–: Me paso la semana entera esperando esto. Y ahora me lo han estropeado.

«Miranda» se limita a quedarse sentado, con los ojos resguardados bajo unas pestañas largas y gruesas. Con los ojos flotando en sendas piscinas verdeazules de delineador de ojos. Se embadurna su pintura de labios con más pintura de labios. Se unta colorete por encima del colorete. Rímel
encima del rímel. Su blusa recortada se le abomba sobre el pecho. La seda rosa de la misma parece colgarle de los dos puntos de sus pezones, con unos pechos que son aproximadamente del mismo tamaño que su cara y que le sobresalen como globos de las ondulaciones bronceadas de su caja torácica. Su barriga al descubierto, plana y bronceada, es una barriga masculina. Se trata de una fantasía total tipo muñeca sexual, el tipo de mujer en la que solamente un hombre se convertiría.

Para ser un grupo de charla, «Miranda» dice que esperaba un poco más de charla.

Nos lo quedamos mirando.

Menudo tonto. Este «Miranda». He aquí la típica fantasía masculina recreada en forma de una especie de monstruo de Frankenstein de estereotipos: los pechos perfectamente grandes y redondos. Los músculos duros en los muslos largos. La boca, un mohín perfecto, embadurnado de carmín. La
falda de cuero rosa demasiado corta y ajustada para cualquier cosa que no sea sexo. Habla con la voz jadeante de una niña o de una estrella de cine. Soltando mucho aire en relación con la vocecita que sale. La clase de voz susurrante que la revista Cosmopolitan enseña a usar a las chicas, para hacer que los hombres que las estén escuchando se acerquen más.

Nos quedamos sentadas ahí, todas en silencio, sin que nadie explique sus experiencias. No se puede ser sincera sabiendo que hay un pene debajo de la mesa. Ni siquiera en medio de los pósters de Frida Kahlo y de Georgia O’Keeffe... de las velas de manzana y canela... del gato manchado de la librería.

Muy bien, dice «Miranda», entonces empiezo yo.

«Miranda», con el pelo decolorado recogido en un peinado alto de peluquería, apelmazado de tanta laca y atiborrado de horquillas.

Hay un tío en el trabajo del que «Miranda» se enamoró locamente. Y el tío no le respondía a sus flirteos. Era el típico tío macizo, un ejecutivo asociado de ventas júnior engominado con un Porsche. Estaba casado, pero «Miranda» sabía que por parte del tío había interés animal puro. Un día después del trabajo, dice «Miranda», el tipo vino y le puso la mano...

Y todas nos lo quedamos mirando.

El tío le puso la mano en el brazo a «Miranda» y le preguntó si quería ir a tomar una copa.

Los brazos de «Miranda» son bronceados, musculosos y delgados y no tienen nada flácido. Lisos como plástico bronceado. Y suelta una risita. «Miranda» suelta risitas literalmente. Pone los ojos en blanco.

«Miranda» dice que el ejecutivo asociado de ventas que trabaja con él lo llevó en coche a un bar muy oscuro, de esos adonde vas para que no te vea nadie...

Es un rollo totalmente masculino, todo ese «yo, yo y yo» todo el tiempo. Venimos aquí para estar lejos de los hombres, de los maridos que no quieren recoger calcetines sucios. De los maridos que nos arrean bofetadas y luego nos ponen los cuernos. De los padres decepcionados porque no somos chicos. De los padrastros que nos manosean. De los hermanos que nos intimidan. De los jefes. Los curas. Los policías de tráfico. Los médicos.

Casi nunca permitimos réplicas, pero ahora alguien del grupo dice:

–¿Miranda?

Y «Miranda» deja de cotorrear.

Le decimos que los grupos de concienciación tienen su base en la queja. En lo que mucha gente llama la terapia de hablar pestes. En la China comunista, en los años posteriores a la revolución de Mao, una parte importante de la construcción de una nueva cultura era permitir a la gente que se quejara de su pasado. Al principio, cuanto más se quejaban, peor les parecían sus vidas. Pero al desahogarse, la gente podía empezar a resolver su pasado. De tanto echar pestes y más pestes,
podían agotar el drama de sus historias de terror. Aburrirse. Solamente entonces podían aceptar un nuevo argumento para sus vidas. Y seguir adelante. Es por esto que venimos aquí todos los miércoles por la noche, al cuarto de atrás sin ventanas de esta librería, a sentarnos en sillas metálicas plegables alrededor de una gran mesa cuadrada. La revolución llamaba a esto «decir cosas amargas».

«Miranda» se encoge de hombros. Enarca las cejas, niega con la cabeza y dice que ella no tiene ninguna historia de terror. Suspira y sonríe y hace ojitos.

Y alguien del grupo dice:

–Entonces no te queremos aquí.

Esa idea de que los hombres crean mujeres robóticas perfectas para procurarse placer, es algo que sucede todos los días. Ninguna de las mujeres más «hermosas» que uno ve en público son de verdad. No hay más que hombres perpetuando su estereotipo perverso de las mujeres. La historia más antigua del mundo. Si sabes dónde mirar, encontrarás un pene en cada página de la revista Cosmopolitan.

«Miranda» nos dice que no somos muy hospitalarias.

Y alguien dice:

–No eres una mujer.

Nos reunimos en el espacio de reuniones seguro y solamente para mujeres que hay detrás de la Wymyn’s Book Cooperative. Ni en coña queremos que nuestro espacio se contamine de energía yang fálica agresiva.

Ser mujer es especial. Es sagrado. Esto no es un simple club del que uno se pueda hacer miembro. Uno no puede simplemente meterse un chute de estrógenos y presentarse aquí.

«Miranda» dice: Lo único que os hace falta es un pequeño cambio de imagen. Poneos un poco
guapas.

Los hombres es que no lo entienden. Ser mujer es más que llevar maquillaje y tacones altos. Esa clase de imitación sexual, ese travestismo, es el peor de los insultos. Los hombres creen que solamente tienen que ponerse maquillaje y cortarse la polla y que eso los convierte en hermanas.

Alguien se levanta de su silla. Alguien más se levanta y las dos empiezan a dar la vuelta a la mesa.

«Miranda» les pregunta qué están tramando.

Y una tercera persona se pone de pie y dice:

–Un cambio de imagen total.

«Miranda» mete sus uñas de color rosa en el bolso. Saca un bote de espray de pimienta y dice que no le da miedo usarlo. Y entonces alguien del grupo dice:

–Vamos a ver tus tetas.

En nuestro grupo no tenemos líder. Las reglas de los grupos de concienciación no permiten las réplicas. Nadie puede cuestionar la experiencia de otra integrante. Todo el mundo tiene su turno
para hablar.

A «Miranda» se le cae el silbato plateado antiviolaciones de la boca. De los labios aumentados con colágeno. El mohín de una modelo de pasarela al decir «pasión».

«Miranda» dice que tenemos que estar de broma.

Pero qué típico, los hombres quieren todos los beneficios de ser mujer pero ninguna de las óirandas.

Alguien dice:

–No, de verdad. Enséñanoslas.

Aquí somos todas mujeres. Todas estamos cansadas de ver tetas. Alguien de pie a su lado extiende el brazo hacia el botón de arriba de la blusa rosa de «Miranda». La blusa es de seda rosa, abombada sobre sus pechos. Está recortada para dejar ver su vientre liso y plano y sus pliegos cuelgan sobre la falda con cinturón. Su cinturón rosa de piel de lagarto no es más grande que un collar de perro.

Una de sus manos de color rosa aparta el brazo de la mujer de una palmada. Como nadie se mueve, «Miranda» suelta un pequeño suspiro. Mientras todas miramos, se desabrocha el botón de arriba él mismo. Sus uñas de color rosa abren el siguiente botón. Y el siguiente. Y se dedica a mirarnos, con una mirada de mujer a mujer, hasta que todos los botones están desabrochados y la blusa se abre. En el interior hay un sujetador de satén de color rosa con rosas bordadas y encaje. Su
piel es de un color rosa como aerografiado, de ese color claro de los desplegables centrales de las revistas, sin lunares ni pelos ni esas picaduras rojas de insecto que se ven en las pieles de verdad. Alrededor de su cuello, un collar de perlas apunta como una flecha hacia su escote enorme y parecido a la raja de un culo. El sujetador es de esos que tienen el cierre en la parte de delante, y «Miranda» espera un momento así, con el cierre en la mano y mirando a las mujeres de una en una.

Y alguien del grupo dice:

–¿Cuánto estrógeno tienes que chutarte para llegar a tener unas tetorras tan grandes?

Alguien suelta un silbido. El resto del grupo habla en susurros. Los pechos son demasiado perfectos. Los dos son del mismo tamaño y no están demasiado separados. Parecen diseñados por un ingeniero.

Las uñas rosas se retuercen y el sujetador se abre. El sujetador cae abierto, pero los pechos permanecen en alto, firmes y redondos, con los pezones apuntando al cielo. Exactamente los pechos que elegiría un hombre.

Alguien que está cerca extiende la mano y le agarra la teta. Aprieta la carne con la mano. Toquetea el pezón con los dedos y dice:

–Venid todas. Tenéis que tocar esto. Dios, pero qué asco. –Estruja con la mano y lo suelta.
Vuelve a estrujar y dice–: Es como... no sé... como masa de pan.

«Miranda» forcejea para alejarse, con el cuerpo entero retrocediendo en su silla.
Pero los dedos de la mano que le está agarrando el pecho aprietan más fuerte y la mujer dice:

–Nada de eso.

Alguien dice:

–No me importaría tener unos melones así de majos.

Tienen que ser de silicona. Otra mano se mete en la blusa abierta y agarra el segundo pecho, manoseándolo, tirando de él hacia arriba, hacia el collar de perlas, para que podamos buscar la cicatriz de la operación debajo.

«Miranda» se queda allí sentado, con los brazos doblados hacia delante a la altura del codo, todavía sosteniendo una mitad del sujetador rosa en cada mano, sosteniéndolo abierto mientras
nosotras miramos. Luego hace el gesto de volver a cerrar el sujetador, de sellarlo todo de vuelta en
el interior.

Y alguien que sigue agarrando una teta dice:

–Todavía no.

El permiso de conducir sigue sobre la mesa que tenemos delante, con la «F» enorme impresa junto a «Sexo».

Y alguien dice:

–Las tetas falsas no demuestran nada.

Y alguien dice:

–Mi marido las tiene más grandes.

Las manos de alguien que está detrás de «Miranda» le quitan el pañuelo de encima de los hombros, le estiran de la blusa de color rosa hacia atrás y hacia abajo hasta que se le sale por los
brazos. La piel le brilla, tan clara como los pendientes de perlas que tiene en las orejas. Con unos pezones rosados como el bolso de piel de lagarto, él se deja hacer.

Alguien tira la blusa a un rincón de la sala.

Y alguien dice:

–A ver tu coño.

Y «Miranda» dice que no.

Está claro. Este pobre capullo triste y perdido en la vida nos está utilizando. Igual que un masoquista va a visitar a un sádico. Igual que esos criminales que quieren que los pillen. «Miranda»
lo está pidiendo a gritos. Es por eso que ha aparecido aquí. Es por eso que se ha vestido así. Él sabe que esa faldita tan corta y esas tetas como sandías sacan de sus casillas a las mujeres de verdad. En un caso como este, «no» quiere decir «sí». Quiere decir «Sí, por favor». Quiere decir: «Dame una
bofetada».

«Miranda» dice: Estáis cometiendo un terrible error.

Y todo el mundo se ríe.

Le decimos que las sesiones de concienciación consisten en llegar a aceptar tus genitales. En otras reuniones que hemos celebrado, todas hemos sacado espejos y nos hemos puesto en cuclillas para mirárnoslos. Todas hemos compartido un espéculo y hemos estudiado la diferencia entre el cuello del útero de una virgen y el de una madre. Hemos hecho venir a conferenciantes de la cooperativa sanitaria para mujeres a fin de que nos hagan demostraciones de extracción de sangre
menstrual mediante cánulas para aborto por aspiración. Sí, todo eso hemos hecho sobre esta mesa de madera. Hemos ido a comprar juguetes sexuales todas juntas y hemos estudiado el punto G.

Unos cuantos empujones y «Miranda» acaba encima de la mesa. Aunque está a cuatro patas, sus pechos siguen pareciendo redondos y sólidos, en lugar de caídos y flácidos. Quince centímetros de cremallera y la falda se le escurre del culo flaco. Lleva pantimedias: otra prueba de que no es una
mujer de verdad.

Las mujeres del grupo nos miramos entre nosotras. Tener a un hombre aquí al que dar órdenes. Algunas de nosotras sufrimos abusos. Otras fuimos violadas. Todas hemos sido miradas
lascivamente, manoseadas y desnudadas por las miradas masculinas. Ahora nos toca a nosotras y ni siquiera sabemos por dónde empezar.

Alguien le baja las pantimedias y deja al desnudo su culo.

Alguien dice:

–Arquea la espalda.

A nadie le sorprende el aspecto de los labios vaginales de «Miranda». Con demasiados pliegues en la piel. Ese aspecto de flor húmeda que los estilistas trabajan duro para conseguir en Playboy o Hustler. Con todo, la carne no parece lo bastante blanda, y el tono es demasiado pálido, en lugar de rosa o marrón claro. Tejido de cicatriz quirúrgica. El vello púbico recortado y depilado a la cera en forma de una tirita muy fina. Perfumado. No con el aspecto que debe tener un coño. Cuanto más lo miramos, más de acuerdo estamos en que no es de verdad.

Alguien pincha a «Miranda» con una llave de coche. Ni siquiera con el dedo. Alguien le pincha los pliegues de la piel y dice:

–Espero que no pagaras mucho por esto...

Otra integrante del grupo dice que tendríamos que mirar cómo es de profundo.

Sea lo que sea, «Miranda» está llorando. Atrapado por su pequeño drama, todo el maquillaje y el colorete se le mezclan con la base de maquillaje y se le corren por las mejillas hasta llegarle a las comisuras de la boca. Está casi desnudo con las pantimedias bajadas y enredadas entre los tobillos y los pies todavía calzados con elegantes sandalias doradas de tacón alto. La blusa le ha desaparecido y su sujetador de encaje rosa está abierto y le cuelga de los hombros. Sus pechos redondos y firmes tiemblan con cada sollozo. Así es como está sobre la mesa de conferencias. Con el abrigo de piel en el suelo, apartado a patadas hasta un rincón. Con el pelo rubio colgándole. Ahora ya tiene una pequeña historia de terror.

Alguien le dice a «Miranda» que se calle la boca. Que se calle y se dé la vuelta.

Alguien lo coge por el tobillo. Alguien le agarra el otro tobillo y entre todas le retuercen las piernas hasta que suelta un pequeño chillido y se da media vuelta. Y así se queda, boca arriba, con los pies muy separados y cada sandalia dorada agarrada por unas manos distintas.
No es una mujer. Tal vez si alguien solo hubiera visto a una mujer en Cosmopolitan, lo que crearía es algo como ella. Comentamos que el clítoris no debe de ser más que el pene reducido a su mínima expresión. Alguien describe que la bóveda vaginal artificial no es más que el pene vaciado y embutido ahí dentro, más un trozo del intestino bajo productor de mucosa seccionado para añadir profundidad. Donde debería estar el cuello del útero usan la piel aprovechada del escroto vacío.

–Lo que no se usa, se echa a perder –dice alguien.

Alguien saca una linternita de su bolsa y dice:

–Tengo que ver eso.

Visto desde la distancia que da el tiempo, tendrían que haberse marchado todas a casa. Oh, mucha conciencia política y muchas gaitas hasta que alguien sale malparado. Con todo, aquí se reúnen semana tras semana, quejándose de que alguien no ha conseguido un trabajo. De que la una siente sus progresos atajados por un techo invisible. De que la otra siente sus pechos desnudados por las miradas de los empleados de gasolineras y los trabajadores de la construcción. Lo único que hacen es hablar. Y por fin ahora tienen la oportunidad de devolver el golpe. Es un ejercicio de formación de espíritu de equipo. Y le preguntan por qué ha venido. Si es un espía.

Los expertos dicen que las mujeres solamente ganan sesenta céntimos por cada dólar que gana un hombre haciendo el mismo trabajo. El tipo este gana un montón de pasta extra y así es como se lo funde. En maquillaje y tetas de plástico. Cualquier mujer de verdad tiene estrías. Canas. Celulitis en los muslos. Y le preguntan qué esperaba encontrar.

Alguien está hurgando con los dedos. Alguien sostiene la linterna y la empuja hacia delante. El grupo le pregunta si esperaba a una banda de bolleras machorras que odian a los hombres y que se reúnen para comerse el coño las unas a las otras. La pequeña bombilla halógena de la linterna debe de estar muy caliente, porque él está gritando y retorciéndose tanto que todas se ven obligadas a unir esfuerzos para agarrarlo. Para mantenerle las piernas separadas y abrirlo a la fuerza y poder mirar dentro.

Alguien dice:

–¿Qué aspecto tiene?

El resto del grupo espera su turno.

Mientras «Miranda» se retuerce sobre la mesa, y mientras el grupo está inclinado encima de él, el collar se le rompe y las perlas caen rodando por todas partes. Las horquillas se le caen del pelo. Sus pechos rebotan y tiemblan como dos montones de gelatina.

Y alguien le pellizca un pezón, se lo retuerce y dice:

–A ver cómo las meneas, buenorra.

Y alguien dice:

–Solamente queremos ver dónde te metes las pelotas, zorra.

Es una yuxtaposición interesante. Una relación de poder sociopolítico fascinante, estar vestidas del todo y examinando a una persona desnuda e inmovilizada que solo lleva unos zapatos de tacón alto y sus joyas.

Las dos mujeres que le están hurgando entre las piernas se detienen. Alguien dice:

–Esperad.

La que está sosteniendo la linterna dice:

–Sujetadlo bien. –Se inclina hacia delante, metiendo la linterna más adentro. Y le pregunta–: ¿Es esto lo que querías que pasara?

Despatarrado sobre la mesa, «Miranda» solloza e intenta juntar las rodillas. Ponerse de lado y encogerse en posición fetal.
«Miranda» está sollozando y diciendo: No. Diciendo: Por favor, parad. Diciendo: Duele.

Oooh, duele. Buaaá. Me estáis haciendo pupa.

La mujer de la linterna es la que se pasa más tiempo mirando, frunciendo el ceño y guiñando los ojos, retorciendo la linterna y usándola para hurgar dentro. Por fin se incorpora y dice:

–Se ha quedado sin pilas.

Y se queda allí, tan alta como es, mirando hacia abajo a Miranda, que sigue abierto de piernas delante de ella. La mujer contempla la mesa manchada de maquillaje y de lágrimas, las perlas desparramadas por el suelo, y nos dice que lo soltemos. Traga saliva y recorre con la vista el cuerpo que hay sobre la
mesa. Luego suspira y le dice a «Miranda» que se levante. Que se levante y se vista. Que se vista y se marche. Que se marche y no vuelva.

Alguien dice que tal vez la linterna simplemente se haya apagado y pide poder echar un vistazo.

Y la mujer se guarda la linterna en la bolsa y dice:

–No.

Alguien dice:

–¿Qué has visto?

Vimos lo que quisimos ver, dice la mujer. Todas nosotras.
La mujer de la linterna dice:

–¿Qué acaba de suceder aquí? –Dice–: ¿Cómo hemos terminado haciendo esto?

Desde el momento en que se ha sentado, se lo hemos intentado explicar. Aquí no aceptamos hombres. Este es un refugio solamente para mujeres. El propósito de nuestro grupo...

(Fantasmas, Chuck Palahniuk)''

Bueno, ¿que os parece?

Mi opinión:

Es cierto que las caricaturas travestis que hacen los hombres, las drag queen...sacan de quicio a cualquier mujer. Me pregunto: ¿Si Miranda hubiera contado una historia de terror de su pasado la habrian aceptado? ¿Si hubiera dicho lo malos que son los hombres la hubieran aceptado? ¿Que es ser mujer? ¿Es menstruar y quejarse histericamente?

A mi el texto me ha provocado un poco de rechazo porque me acorde de ti Shizu y eres mi amiga. Esto da para pensar y provoca muchas opiniones encontradas. Yo creo que es malo que nos dividamos las mujeres tanto bio como trans.


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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Stocking el Miér Jul 04, 2012 10:29 am

¿Qué clase de secta es esa? Me parece un poco demasiado extremista .___.
No sabría de parte de quién ponerme... sinceramente, no lo sé Shocked
Así que esperaré a que el tema evolucione...
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Jue Jul 26, 2012 3:18 am

esto es en serio?????????????????????? Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked

osea: hay alguien que puede estar a favor de un grupo tan macabro?

este texto me causo un profundo ASCO. De verdad, tuve que hacer fuerza para leerlo completo, hasta me saltie partes y incluso tuve que volver a leerlo todo de vuelta... creo que lo habre mal-leido mas 5 veces antes de leerlo enterito.

esas mujeres solo quieren venganza, solo son rencor, son personajes de ficcion que te muestra el revanchismo. eso no es algo bueno, es el mismo rencor que tenian los nazis... como puede alguien estar a favor de una mania asi? encima esta exaltada para que nos demos cuenta de lo grotesco que es...
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  KaruraVisualkei el Vie Jul 27, 2012 5:03 am

un asco realmente
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Sáb Jul 28, 2012 1:38 pm

KaruraVisualkei escribió:yo estoy de acuerdo.
yo veo inexistente el binomio del sexo hombre-mujer.

KauraVisualkei escribió:no me gusta ni medio

KauraVisualkei escribió:un asco realmente

Sabes? Me alegra un poco ver que alguien que parece opinar igual que yo en tantos campos

A que se refiere Stocking cuando dice de que no sabe a favor de quien ponerse? por que?

a mi me parece hasta una metafora sobre los extremismos "feministas"-hembristas...
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Stocking el Sáb Jul 28, 2012 2:15 pm

Me cuesta tanto inclinar la balanza... u.u
Prefiero quedarme en medio 8D
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Sáb Jul 28, 2012 2:20 pm

Stocking escribió:Me cuesta tanto inclinar la balanza... u.u
Prefiero quedarme en medio 8D

ni que fueses una taoista bisexual que vota en blanco Laughing

me gustaria saber que cosas encontras a favor del... accionar de estas... mujeres
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Stocking el Sáb Jul 28, 2012 2:31 pm

Gaby la atraviesaespejos escribió:ni que fueses una taoista bisexual que vota en blanco Laughing
Very Happy Quién diría que serías tan perceptiva (?)
Nah... es broma <.<
Me alegra que conozcas el taoísmo, ¿conoces el cuento que habla de los caracoles y las lechugas? e.e
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Sáb Jul 28, 2012 2:32 pm

Stocking escribió:
Gaby la atraviesaespejos escribió:ni que fueses una taoista bisexual que vota en blanco Laughing
Very Happy Quién diría que serías tan perceptiva (?)
Nah... es broma <.<
Me alegra que conozcas el taoísmo, ¿conoces el cuento que habla de los caracoles y las lechugas? e.e

pues va a ser que no, pero esto ya es spam ¿no? :S
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Stocking el Sáb Jul 28, 2012 2:46 pm

No, no te preocupes, sólo preguntaba porque si lo conocieses no tendría que extenderme en mi explicación (igualmente, no me iba a extender).
El caso es que no tengo problema en ponerme de un lado u otro, tanto unas son "macabras", como la otra se convierte en un "estereotipo perverso de las mujeres".
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Sáb Jul 28, 2012 3:02 pm

Stocking escribió:No, no te preocupes, sólo preguntaba porque si lo conocieses no tendría que extenderme en mi explicación (igualmente, no me iba a extender).
El caso es que no tengo problema en ponerme de un lado u otro, tanto unas son "macabras", como la otra se convierte en un "estereotipo perverso de las mujeres".

tu falta de eleccion es un estereotipo perverso al mismo tiempo, ello no me da derecho a maltratarte, a golpearte, a violarte.

y que si es un estereotipo? ello justifica que la maltraten? si no es asi, hay que ponerse "de su lado"
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Stocking el Sáb Jul 28, 2012 3:11 pm

Claro que no, no estoy de acuerdo en que la agredan, pero tampoco me agrada lo que supuestamente representa Miranda.
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Sáb Jul 28, 2012 3:18 pm

Stocking escribió:Claro que no, no estoy de acuerdo en que la agredan, pero tampoco me agrada lo que supuestamente representa Miranda.

ay, pero osea eso que tiene que ver? no importa que sea ella, lo que le hacen es peor Crying or Very sad

ser mujer a veses puede ser solo un monton de cosas que la sociedad dice y no existe de verdad, pero a esa chica la retorturan otras mujeres porque sienten rencor No solo porque tienen ira y quieren vengarse, no quieren nisiquiera justicia sino venganza, que es distinto

lo que le hacen va mas alla de otras cosas, maltratar asi a alguien rompe un espejo (como me gusta decir a mi Razz ) donde ya no importa en que crees o por que lo haces, al menos si la otra persona es inocente como ella ¿no?

que le decis vos a una chica que nacio en el cuerpo equivocado de que como vestirse, eh?
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Stocking el Sáb Jul 28, 2012 3:26 pm

Ya dije que no estoy de acuerdo con que la maltraten, al contrario, fui la primera en llamarlo "secta extremista".
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Sáb Jul 28, 2012 3:29 pm

Stocking escribió: Ya dije que no estoy de acuerdo con que la maltraten, al contrario, fui la primera en llamarlo "secta extremista".

entonces, ¿por que no sabes si formar parte de la secta o no?
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Stocking el Sáb Jul 28, 2012 3:35 pm

No formaría parte de ella, si es lo que te preocupa .____.
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Sáb Jul 28, 2012 3:40 pm

Stocking escribió:No formaría parte de ella, si es lo que te preocupa .____.

cuando me refiero a formar parte de la secta tambien estoy hablando de apoyarla, promoverla, decir que lo que hacen esta bien
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Neo_Princesa_Serena el Miér Ago 01, 2012 7:17 pm

Gaby la atraviesaespejos escribió:
Stocking escribió:No formaría parte de ella, si es lo que te preocupa .____.

cuando me refiero a formar parte de la secta tambien estoy hablando de apoyarla, promoverla, decir que lo que hacen esta bien

Lo que hacian me parecia de reunirse las mujeres me parecia bien. Me parecia un buen accionar como feministas.
Lo que ya no me parecio bien como maltrataron a Miranda.
Chicas, tienen razón querian venganza.
Además, me lleva a pensar una cosa: los hombres enseguida van a dar la bienvenida a las mujeres que se operan para ser hombres (los trans masculinos). Aunque sepamos que fisicamente no lo serán.
En cambio muchas de nosotras damos la espalda a las mujeres transexuales con esa excusa. Y perdemos la oportunidad de tener amigas, compañeras feministas y otro punto de vista de muchas cosas.
Si, es cierto que Miranda es 1 estereotipo de lo que muchas odiamos. ¿No seria mejor explicarle porque no se deberia vestir asi? ¿Y cuantas mujeres biologicas hay que se operan y visten de esa manera? Ejemplo: cualquier vedette argentina. ¿o no?
Bueno, sólo estas reflexiones para añadir. Besukis.

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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  KaruraVisualkei el Jue Ago 02, 2012 4:10 am

realmente hay gente de ese lugar que deja mucho que desear.
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Jue Ago 02, 2012 4:45 pm

KaruraVisualkei escribió:realmente hay gente de ese lugar que deja mucho que desear.

Como siempre, de acuerdo
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  ShizumaSama el Jue Ago 02, 2012 5:10 pm

Neo_Princesa_Serena escribió:Hola chicas. Encontre este texto en el foro de Yurilandia:

Leed esto y dar las opiniones que os parezcan.


'-Un relato de la Camarada Sobrada-

Desde el mismo instante en que se sienta, intentamos explicárselo...

No aceptamos hombres. Este es un refugio para mujeres. El propósito de este grupo es cuidar y dar poder a las mujeres confiriéndoles una sensación de privacidad. Permitir a las mujeres que hablen en libertad sin ser cuestionadas o juzgadas. Excluimos a los hombres porque inhiben a las
mujeres. La energía masculina intimida y humilla a las mujeres. Para los hombres, una mujer es una virgen o una guarra. Una madre o una óiran.

Cuando le pedimos que se marche, por supuesto, se hace el tonto. Dice que lo llamemos «Miranda».

Respetamos su elección. El esfuerzo y la voluntad que ha puesto en conseguir la apariencia física de una mujer. Pero este espacio, le decimos de una forma amable y sensible, este espacio es solamente para mujeres que han nacido mujeres.
Él nació Miranda Joyce Williams. Dice esto y abre el broche de su pequeño bolso de piel de lagarto color rosa. Saca un permiso de conducir. Con una uña larga y de color rosa coloca el
permiso sobre la mesa, dando un golpecito en el sitio donde pone «F» junto a la categoría del sexo.
Puede que el estado reconozca su nuevo sexo, le decimos, pero nosotras decimos no hacerlo. Muchas de nuestras integrantes sufrieron traumas de infancia relacionados con los hombres. Tienen miedo de que se las reduzca a simples cuerpos. Son cuestiones que él nunca podría entender porque nació hombre.

Y él dice: Nací mujer.

Alguien en el grupo dice:

–¿Puedes enseñarnos tu certificado de nacimiento?

Y «Miranda» dice: Claro que no.

Otra persona dice:

–¿Estás menstruando?

Y «Miranda» dice: Ahora mismo no.

Se dedica a jugar con un pañuelo con los colores del arco iris que tiene atado alrededor del cuello. Afectando una caricatura de la conducta nerviosa femenina. Se dedica a jugar con el pañuelo
centelleante y resplandeciente que tiene sobre los hombros, dejándolo caer por su espalda de forma que quede suspendido de sus codos. Se dedica a pasar los dedos por entre los largos flecos que hay a ambos lados del pañuelo. Cruza las piernas pasando una rodilla por encima de la otra. Después la de debajo sobre la de encima. Levanta y dobla el abrigo de piel que tiene sobre el regazo. Lo gira y acaricia la piel con una mano abierta, con las uñas juntas, pintadas de rosa y brillantes como joyas. Sus labios y sus zapatos y su bolso, sus uñas y la correa de su reloj, todo es tan rosadito como el ojo del culo de un pelirrojo.

Alguien del grupo se pone de pie, con una mirada furiosa. Y dice:

–¿A qué coño viene esto? –Mete con malos modos su punto y su botella de agua en su bolsa y
dice–: Me paso la semana entera esperando esto. Y ahora me lo han estropeado.

«Miranda» se limita a quedarse sentado, con los ojos resguardados bajo unas pestañas largas y gruesas. Con los ojos flotando en sendas piscinas verdeazules de delineador de ojos. Se embadurna su pintura de labios con más pintura de labios. Se unta colorete por encima del colorete. Rímel
encima del rímel. Su blusa recortada se le abomba sobre el pecho. La seda rosa de la misma parece colgarle de los dos puntos de sus pezones, con unos pechos que son aproximadamente del mismo tamaño que su cara y que le sobresalen como globos de las ondulaciones bronceadas de su caja torácica. Su barriga al descubierto, plana y bronceada, es una barriga masculina. Se trata de una fantasía total tipo muñeca sexual, el tipo de mujer en la que solamente un hombre se convertiría.

Para ser un grupo de charla, «Miranda» dice que esperaba un poco más de charla.

Nos lo quedamos mirando.

Menudo tonto. Este «Miranda». He aquí la típica fantasía masculina recreada en forma de una especie de monstruo de Frankenstein de estereotipos: los pechos perfectamente grandes y redondos. Los músculos duros en los muslos largos. La boca, un mohín perfecto, embadurnado de carmín. La
falda de cuero rosa demasiado corta y ajustada para cualquier cosa que no sea sexo. Habla con la voz jadeante de una niña o de una estrella de cine. Soltando mucho aire en relación con la vocecita que sale. La clase de voz susurrante que la revista Cosmopolitan enseña a usar a las chicas, para hacer que los hombres que las estén escuchando se acerquen más.

Nos quedamos sentadas ahí, todas en silencio, sin que nadie explique sus experiencias. No se puede ser sincera sabiendo que hay un pene debajo de la mesa. Ni siquiera en medio de los pósters de Frida Kahlo y de Georgia O’Keeffe... de las velas de manzana y canela... del gato manchado de la librería.

Muy bien, dice «Miranda», entonces empiezo yo.

«Miranda», con el pelo decolorado recogido en un peinado alto de peluquería, apelmazado de tanta laca y atiborrado de horquillas.

Hay un tío en el trabajo del que «Miranda» se enamoró locamente. Y el tío no le respondía a sus flirteos. Era el típico tío macizo, un ejecutivo asociado de ventas júnior engominado con un Porsche. Estaba casado, pero «Miranda» sabía que por parte del tío había interés animal puro. Un día después del trabajo, dice «Miranda», el tipo vino y le puso la mano...

Y todas nos lo quedamos mirando.

El tío le puso la mano en el brazo a «Miranda» y le preguntó si quería ir a tomar una copa.

Los brazos de «Miranda» son bronceados, musculosos y delgados y no tienen nada flácido. Lisos como plástico bronceado. Y suelta una risita. «Miranda» suelta risitas literalmente. Pone los ojos en blanco.

«Miranda» dice que el ejecutivo asociado de ventas que trabaja con él lo llevó en coche a un bar muy oscuro, de esos adonde vas para que no te vea nadie...

Es un rollo totalmente masculino, todo ese «yo, yo y yo» todo el tiempo. Venimos aquí para estar lejos de los hombres, de los maridos que no quieren recoger calcetines sucios. De los maridos que nos arrean bofetadas y luego nos ponen los cuernos. De los padres decepcionados porque no somos chicos. De los padrastros que nos manosean. De los hermanos que nos intimidan. De los jefes. Los curas. Los policías de tráfico. Los médicos.

Casi nunca permitimos réplicas, pero ahora alguien del grupo dice:

–¿Miranda?

Y «Miranda» deja de cotorrear.

Le decimos que los grupos de concienciación tienen su base en la queja. En lo que mucha gente llama la terapia de hablar pestes. En la China comunista, en los años posteriores a la revolución de Mao, una parte importante de la construcción de una nueva cultura era permitir a la gente que se quejara de su pasado. Al principio, cuanto más se quejaban, peor les parecían sus vidas. Pero al desahogarse, la gente podía empezar a resolver su pasado. De tanto echar pestes y más pestes,
podían agotar el drama de sus historias de terror. Aburrirse. Solamente entonces podían aceptar un nuevo argumento para sus vidas. Y seguir adelante. Es por esto que venimos aquí todos los miércoles por la noche, al cuarto de atrás sin ventanas de esta librería, a sentarnos en sillas metálicas plegables alrededor de una gran mesa cuadrada. La revolución llamaba a esto «decir cosas amargas».

«Miranda» se encoge de hombros. Enarca las cejas, niega con la cabeza y dice que ella no tiene ninguna historia de terror. Suspira y sonríe y hace ojitos.

Y alguien del grupo dice:

–Entonces no te queremos aquí.

Esa idea de que los hombres crean mujeres robóticas perfectas para procurarse placer, es algo que sucede todos los días. Ninguna de las mujeres más «hermosas» que uno ve en público son de verdad. No hay más que hombres perpetuando su estereotipo perverso de las mujeres. La historia más antigua del mundo. Si sabes dónde mirar, encontrarás un pene en cada página de la revista Cosmopolitan.

«Miranda» nos dice que no somos muy hospitalarias.

Y alguien dice:

–No eres una mujer.

Nos reunimos en el espacio de reuniones seguro y solamente para mujeres que hay detrás de la Wymyn’s Book Cooperative. Ni en coña queremos que nuestro espacio se contamine de energía yang fálica agresiva.

Ser mujer es especial. Es sagrado. Esto no es un simple club del que uno se pueda hacer miembro. Uno no puede simplemente meterse un chute de estrógenos y presentarse aquí.

«Miranda» dice: Lo único que os hace falta es un pequeño cambio de imagen. Poneos un poco
guapas.

Los hombres es que no lo entienden. Ser mujer es más que llevar maquillaje y tacones altos. Esa clase de imitación sexual, ese travestismo, es el peor de los insultos. Los hombres creen que solamente tienen que ponerse maquillaje y cortarse la polla y que eso los convierte en hermanas.

Alguien se levanta de su silla. Alguien más se levanta y las dos empiezan a dar la vuelta a la mesa.

«Miranda» les pregunta qué están tramando.

Y una tercera persona se pone de pie y dice:

–Un cambio de imagen total.

«Miranda» mete sus uñas de color rosa en el bolso. Saca un bote de espray de pimienta y dice que no le da miedo usarlo. Y entonces alguien del grupo dice:

–Vamos a ver tus tetas.

En nuestro grupo no tenemos líder. Las reglas de los grupos de concienciación no permiten las réplicas. Nadie puede cuestionar la experiencia de otra integrante. Todo el mundo tiene su turno
para hablar.

A «Miranda» se le cae el silbato plateado antiviolaciones de la boca. De los labios aumentados con colágeno. El mohín de una modelo de pasarela al decir «pasión».

«Miranda» dice que tenemos que estar de broma.

Pero qué típico, los hombres quieren todos los beneficios de ser mujer pero ninguna de las óirandas.

Alguien dice:

–No, de verdad. Enséñanoslas.

Aquí somos todas mujeres. Todas estamos cansadas de ver tetas. Alguien de pie a su lado extiende el brazo hacia el botón de arriba de la blusa rosa de «Miranda». La blusa es de seda rosa, abombada sobre sus pechos. Está recortada para dejar ver su vientre liso y plano y sus pliegos cuelgan sobre la falda con cinturón. Su cinturón rosa de piel de lagarto no es más grande que un collar de perro.

Una de sus manos de color rosa aparta el brazo de la mujer de una palmada. Como nadie se mueve, «Miranda» suelta un pequeño suspiro. Mientras todas miramos, se desabrocha el botón de arriba él mismo. Sus uñas de color rosa abren el siguiente botón. Y el siguiente. Y se dedica a mirarnos, con una mirada de mujer a mujer, hasta que todos los botones están desabrochados y la blusa se abre. En el interior hay un sujetador de satén de color rosa con rosas bordadas y encaje. Su
piel es de un color rosa como aerografiado, de ese color claro de los desplegables centrales de las revistas, sin lunares ni pelos ni esas picaduras rojas de insecto que se ven en las pieles de verdad. Alrededor de su cuello, un collar de perlas apunta como una flecha hacia su escote enorme y parecido a la raja de un culo. El sujetador es de esos que tienen el cierre en la parte de delante, y «Miranda» espera un momento así, con el cierre en la mano y mirando a las mujeres de una en una.

Y alguien del grupo dice:

–¿Cuánto estrógeno tienes que chutarte para llegar a tener unas tetorras tan grandes?

Alguien suelta un silbido. El resto del grupo habla en susurros. Los pechos son demasiado perfectos. Los dos son del mismo tamaño y no están demasiado separados. Parecen diseñados por un ingeniero.

Las uñas rosas se retuercen y el sujetador se abre. El sujetador cae abierto, pero los pechos permanecen en alto, firmes y redondos, con los pezones apuntando al cielo. Exactamente los pechos que elegiría un hombre.

Alguien que está cerca extiende la mano y le agarra la teta. Aprieta la carne con la mano. Toquetea el pezón con los dedos y dice:

–Venid todas. Tenéis que tocar esto. Dios, pero qué asco. –Estruja con la mano y lo suelta.
Vuelve a estrujar y dice–: Es como... no sé... como masa de pan.

«Miranda» forcejea para alejarse, con el cuerpo entero retrocediendo en su silla.
Pero los dedos de la mano que le está agarrando el pecho aprietan más fuerte y la mujer dice:

–Nada de eso.

Alguien dice:

–No me importaría tener unos melones así de majos.

Tienen que ser de silicona. Otra mano se mete en la blusa abierta y agarra el segundo pecho, manoseándolo, tirando de él hacia arriba, hacia el collar de perlas, para que podamos buscar la cicatriz de la operación debajo.

«Miranda» se queda allí sentado, con los brazos doblados hacia delante a la altura del codo, todavía sosteniendo una mitad del sujetador rosa en cada mano, sosteniéndolo abierto mientras
nosotras miramos. Luego hace el gesto de volver a cerrar el sujetador, de sellarlo todo de vuelta en
el interior.

Y alguien que sigue agarrando una teta dice:

–Todavía no.

El permiso de conducir sigue sobre la mesa que tenemos delante, con la «F» enorme impresa junto a «Sexo».

Y alguien dice:

–Las tetas falsas no demuestran nada.

Y alguien dice:

–Mi marido las tiene más grandes.

Las manos de alguien que está detrás de «Miranda» le quitan el pañuelo de encima de los hombros, le estiran de la blusa de color rosa hacia atrás y hacia abajo hasta que se le sale por los
brazos. La piel le brilla, tan clara como los pendientes de perlas que tiene en las orejas. Con unos pezones rosados como el bolso de piel de lagarto, él se deja hacer.

Alguien tira la blusa a un rincón de la sala.

Y alguien dice:

–A ver tu coño.

Y «Miranda» dice que no.

Está claro. Este pobre capullo triste y perdido en la vida nos está utilizando. Igual que un masoquista va a visitar a un sádico. Igual que esos criminales que quieren que los pillen. «Miranda»
lo está pidiendo a gritos. Es por eso que ha aparecido aquí. Es por eso que se ha vestido así. Él sabe que esa faldita tan corta y esas tetas como sandías sacan de sus casillas a las mujeres de verdad. En un caso como este, «no» quiere decir «sí». Quiere decir «Sí, por favor». Quiere decir: «Dame una
bofetada».

«Miranda» dice: Estáis cometiendo un terrible error.

Y todo el mundo se ríe.

Le decimos que las sesiones de concienciación consisten en llegar a aceptar tus genitales. En otras reuniones que hemos celebrado, todas hemos sacado espejos y nos hemos puesto en cuclillas para mirárnoslos. Todas hemos compartido un espéculo y hemos estudiado la diferencia entre el cuello del útero de una virgen y el de una madre. Hemos hecho venir a conferenciantes de la cooperativa sanitaria para mujeres a fin de que nos hagan demostraciones de extracción de sangre
menstrual mediante cánulas para aborto por aspiración. Sí, todo eso hemos hecho sobre esta mesa de madera. Hemos ido a comprar juguetes sexuales todas juntas y hemos estudiado el punto G.

Unos cuantos empujones y «Miranda» acaba encima de la mesa. Aunque está a cuatro patas, sus pechos siguen pareciendo redondos y sólidos, en lugar de caídos y flácidos. Quince centímetros de cremallera y la falda se le escurre del culo flaco. Lleva pantimedias: otra prueba de que no es una
mujer de verdad.

Las mujeres del grupo nos miramos entre nosotras. Tener a un hombre aquí al que dar órdenes. Algunas de nosotras sufrimos abusos. Otras fuimos violadas. Todas hemos sido miradas
lascivamente, manoseadas y desnudadas por las miradas masculinas. Ahora nos toca a nosotras y ni siquiera sabemos por dónde empezar.

Alguien le baja las pantimedias y deja al desnudo su culo.

Alguien dice:

–Arquea la espalda.

A nadie le sorprende el aspecto de los labios vaginales de «Miranda». Con demasiados pliegues en la piel. Ese aspecto de flor húmeda que los estilistas trabajan duro para conseguir en Playboy o Hustler. Con todo, la carne no parece lo bastante blanda, y el tono es demasiado pálido, en lugar de rosa o marrón claro. Tejido de cicatriz quirúrgica. El vello púbico recortado y depilado a la cera en forma de una tirita muy fina. Perfumado. No con el aspecto que debe tener un coño. Cuanto más lo miramos, más de acuerdo estamos en que no es de verdad.

Alguien pincha a «Miranda» con una llave de coche. Ni siquiera con el dedo. Alguien le pincha los pliegues de la piel y dice:

–Espero que no pagaras mucho por esto...

Otra integrante del grupo dice que tendríamos que mirar cómo es de profundo.

Sea lo que sea, «Miranda» está llorando. Atrapado por su pequeño drama, todo el maquillaje y el colorete se le mezclan con la base de maquillaje y se le corren por las mejillas hasta llegarle a las comisuras de la boca. Está casi desnudo con las pantimedias bajadas y enredadas entre los tobillos y los pies todavía calzados con elegantes sandalias doradas de tacón alto. La blusa le ha desaparecido y su sujetador de encaje rosa está abierto y le cuelga de los hombros. Sus pechos redondos y firmes tiemblan con cada sollozo. Así es como está sobre la mesa de conferencias. Con el abrigo de piel en el suelo, apartado a patadas hasta un rincón. Con el pelo rubio colgándole. Ahora ya tiene una pequeña historia de terror.

Alguien le dice a «Miranda» que se calle la boca. Que se calle y se dé la vuelta.

Alguien lo coge por el tobillo. Alguien le agarra el otro tobillo y entre todas le retuercen las piernas hasta que suelta un pequeño chillido y se da media vuelta. Y así se queda, boca arriba, con los pies muy separados y cada sandalia dorada agarrada por unas manos distintas.
No es una mujer. Tal vez si alguien solo hubiera visto a una mujer en Cosmopolitan, lo que crearía es algo como ella. Comentamos que el clítoris no debe de ser más que el pene reducido a su mínima expresión. Alguien describe que la bóveda vaginal artificial no es más que el pene vaciado y embutido ahí dentro, más un trozo del intestino bajo productor de mucosa seccionado para añadir profundidad. Donde debería estar el cuello del útero usan la piel aprovechada del escroto vacío.

–Lo que no se usa, se echa a perder –dice alguien.

Alguien saca una linternita de su bolsa y dice:

–Tengo que ver eso.

Visto desde la distancia que da el tiempo, tendrían que haberse marchado todas a casa. Oh, mucha conciencia política y muchas gaitas hasta que alguien sale malparado. Con todo, aquí se reúnen semana tras semana, quejándose de que alguien no ha conseguido un trabajo. De que la una siente sus progresos atajados por un techo invisible. De que la otra siente sus pechos desnudados por las miradas de los empleados de gasolineras y los trabajadores de la construcción. Lo único que hacen es hablar. Y por fin ahora tienen la oportunidad de devolver el golpe. Es un ejercicio de formación de espíritu de equipo. Y le preguntan por qué ha venido. Si es un espía.

Los expertos dicen que las mujeres solamente ganan sesenta céntimos por cada dólar que gana un hombre haciendo el mismo trabajo. El tipo este gana un montón de pasta extra y así es como se lo funde. En maquillaje y tetas de plástico. Cualquier mujer de verdad tiene estrías. Canas. Celulitis en los muslos. Y le preguntan qué esperaba encontrar.

Alguien está hurgando con los dedos. Alguien sostiene la linterna y la empuja hacia delante. El grupo le pregunta si esperaba a una banda de bolleras machorras que odian a los hombres y que se reúnen para comerse el coño las unas a las otras. La pequeña bombilla halógena de la linterna debe de estar muy caliente, porque él está gritando y retorciéndose tanto que todas se ven obligadas a unir esfuerzos para agarrarlo. Para mantenerle las piernas separadas y abrirlo a la fuerza y poder mirar dentro.

Alguien dice:

–¿Qué aspecto tiene?

El resto del grupo espera su turno.

Mientras «Miranda» se retuerce sobre la mesa, y mientras el grupo está inclinado encima de él, el collar se le rompe y las perlas caen rodando por todas partes. Las horquillas se le caen del pelo. Sus pechos rebotan y tiemblan como dos montones de gelatina.

Y alguien le pellizca un pezón, se lo retuerce y dice:

–A ver cómo las meneas, buenorra.

Y alguien dice:

–Solamente queremos ver dónde te metes las pelotas, zorra.

Es una yuxtaposición interesante. Una relación de poder sociopolítico fascinante, estar vestidas del todo y examinando a una persona desnuda e inmovilizada que solo lleva unos zapatos de tacón alto y sus joyas.

Las dos mujeres que le están hurgando entre las piernas se detienen. Alguien dice:

–Esperad.

La que está sosteniendo la linterna dice:

–Sujetadlo bien. –Se inclina hacia delante, metiendo la linterna más adentro. Y le pregunta–: ¿Es esto lo que querías que pasara?

Despatarrado sobre la mesa, «Miranda» solloza e intenta juntar las rodillas. Ponerse de lado y encogerse en posición fetal.
«Miranda» está sollozando y diciendo: No. Diciendo: Por favor, parad. Diciendo: Duele.

Oooh, duele. Buaaá. Me estáis haciendo pupa.

La mujer de la linterna es la que se pasa más tiempo mirando, frunciendo el ceño y guiñando los ojos, retorciendo la linterna y usándola para hurgar dentro. Por fin se incorpora y dice:

–Se ha quedado sin pilas.

Y se queda allí, tan alta como es, mirando hacia abajo a Miranda, que sigue abierto de piernas delante de ella. La mujer contempla la mesa manchada de maquillaje y de lágrimas, las perlas desparramadas por el suelo, y nos dice que lo soltemos. Traga saliva y recorre con la vista el cuerpo que hay sobre la
mesa. Luego suspira y le dice a «Miranda» que se levante. Que se levante y se vista. Que se vista y se marche. Que se marche y no vuelva.

Alguien dice que tal vez la linterna simplemente se haya apagado y pide poder echar un vistazo.

Y la mujer se guarda la linterna en la bolsa y dice:

–No.

Alguien dice:

–¿Qué has visto?

Vimos lo que quisimos ver, dice la mujer. Todas nosotras.
La mujer de la linterna dice:

–¿Qué acaba de suceder aquí? –Dice–: ¿Cómo hemos terminado haciendo esto?

Desde el momento en que se ha sentado, se lo hemos intentado explicar. Aquí no aceptamos hombres. Este es un refugio solamente para mujeres. El propósito de nuestro grupo...

(Fantasmas, Chuck Palahniuk)''

Bueno, ¿que os parece?

Mi opinión:

Es cierto que las caricaturas travestis que hacen los hombres, las drag queen...sacan de quicio a cualquier mujer. Me pregunto: ¿Si Miranda hubiera contado una historia de terror de su pasado la habrian aceptado? ¿Si hubiera dicho lo malos que son los hombres la hubieran aceptado? ¿Que es ser mujer? ¿Es menstruar y quejarse histericamente?

A mi el texto me ha provocado un poco de rechazo porque me acorde de ti Shizu y eres mi amiga. Esto da para pensar y provoca muchas opiniones encontradas. Yo creo que es malo que nos dividamos las mujeres tanto bio como trans.



una mujer es una mujer, la parte digamos genital es cosa "demaciaod personal" que no hay q ir mostrandole al mundo n.nU todas somos bien muejres bio y ts n.n lo genital como dije es algo muy intimo n.nU , en mi caso o.o a mi me molesta en mi o.o hasta algunas veses me he pegado ahi -_- del odio :38: o.o hasta he sentido enojo contra mi pa pues como ellos determian el maldito fisico -_- y pu...do estando sola -.- pero bue mejor no sigo o.o me veran mal :38:
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Jue Ago 02, 2012 5:12 pm

Shizuma, ¿Podés editar tu mensaje? Es... demasiado grande Disculpame, pero sería mejor eliminar la citación
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  ShizumaSama el Jue Ago 02, 2012 5:20 pm

Gaby la atraviesaespejos escribió:Shizuma, ¿Podés editar tu mensaje? Es... demasiado grande Disculpame, pero sería mejor eliminar la citación


q tiene o.O nomas cite no tiene q leer lo citado jiji
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  Gaby la atraviesaespejos el Jue Ago 02, 2012 5:27 pm

ShizumaSama escribió:
Gaby la atraviesaespejos escribió:Shizuma, ¿Podés editar tu mensaje? Es... demasiado grande Disculpame, pero sería mejor eliminar la citación


q tiene o.O nomas cite no tiene q leer lo citado jiji

Es que el mensaje se vuelve largo... Eso hace que la página tarde un poquitititito más en cargar, pero también tengo que bajar más con la ruedita y todo lo que viene de un mensaje largo, por más que no lo lea
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Re: Decir cosas amargas

Mensaje  ShizumaSama el Jue Ago 02, 2012 5:34 pm

Gaby la atraviesaespejos escribió:
ShizumaSama escribió:
Gaby la atraviesaespejos escribió:Shizuma, ¿Podés editar tu mensaje? Es... demasiado grande Disculpame, pero sería mejor eliminar la citación


q tiene o.O nomas cite no tiene q leer lo citado jiji

Es que el mensaje se vuelve largo... Eso hace que la página tarde un poquitititito más en cargar, pero también tengo que bajar más con la ruedita y todo lo que viene de un mensaje largo, por más que no lo lea


aah jiji xD
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